sábado, 12 de enero de 2013

Pesadilla 0.1

​Me levanté como cualquier día normal, me di cuenta de que algo no iba bien, pues era cierto, él ya no estaba allí, no notaba su mirada…, esa mirada penetrante, que te dice todo sin soltar palabra, esa figura con una tez geométrica que me alegraba todas las mañanas al despertar, el que me daba fuerzas para sobrevivir un día nuevo, el que me hacía despertar todo mi optimismo…, ya no estaba… mi cuadro de bob esponja…

Aterrado, salí a la calle, eran las 5 de la mañana o eso creo, hacía un poco de frío, no se, quizás… la verdad es que no notaba ni frío ni calor, desesperado mirando a mi alrededor a ver si veía al culpable del robo de mi cuadro, seguí por las calles vagando en busca de alguna pista que me llevara a la persona que me robó el cuadro, aunque no me lo quería creer, que esta maravilla desapareciera de mi vida para siempre, estaba obsesionado en la búsqueda que no me percaté de que no había nadie por las calles, ni un triste vehículo, sólo se escuchaba el maullido de un gato celando por una hembra, el cual me asustó, haciendo caso omiso de esa advertencia ya que seguro auguraba mi desgracia, seguí corriendo en busca de algo o alguien que me llevara hasta mi fantástico cuadro, desesperadamente buscaba una pista que me acercara a él.

- ¿cómo es posible?, me pregunté a mi mismo al ver la ciudad vacía, sin ningún vehículo aún, sin gente, calles sin luz, me hubiese conformado con ver a alguien, incluso a aquel joven vagabundo que solía dormir en el cajero que estaba en la plaza mayor, el lo sabía todo, un gran observador, pero estaba la ciudad desierta. Sólo se escuchaba aquel maullido del gato encelado. Era el momento de dar por acabada mi persecución hacia la nada, la desesperación me inundaba cada vez más y no podía pensar con claridad. El regreso a casa fue confuso, caminaba ya sin sentido, y los ánimos por los suelos, no se si era a causa del frío o del calor que una tímida lágrima jugueteaba por mis ojos y se balanceaba en mi lagrimal hasta que finalmente se lanzaba al vacío, pero tales fueron mis reflejos que la recogí con mi mano y fue entonces cuando descubrí, que realmente no era un sueño.

Seguía viendo las calles desiertas, y para mi era un sinsentido seguir caminando. Sin darme cuenta había salido de la ciudad, seguía desanimado y un poco asustado por aquel maullido del gato encelado, hasta incluso llegué a pensar que el pobre felino estaba compartiendo mi tristeza, ya que el mundo para mi desde aquel instante dejó de girar, no había gente… ni sonidos… ni tenía sensaciones térmicas ni frío ni calor, solo aquel triste maullido del gato.

Decidí sentarme en aquel banco de piedra que todos alguna vez nos hemos sentado, que cuando uno se sienta te recorre una sensación de frío por toda tu espalda que se queda varias horas impregnado en ti, pues ni aún así tuve sensación térmica, pensaba que todo esto era causa de mi desolación de haber perdido mi gran tesoro, mi cuadro, aquello que me daba ganas de vivir.

Después de estar varios minutos sin pensar en nada, con la mirada brillante y perdida, tenía la sensación de que me estaban observando… aquel maullido volvió a asustarme como al principio, pero esta vez era distinto, más desgarrador, entonces fue cuando lo vi, esos dos ojos enormes colocados encima de unas antenas y con un cuerpo baboso que sujetaba algo rígido, se trataba de un ¡caracol!


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